Hay una escena repetida en las consultas de medicina estética: alguien que ha cuidado su rostro durante años y ha olvidado por completo el cuello. El contraste acaba siendo evidente.
El cuello envejece antes por razones anatómicas. Su piel es más fina que la del rostro, tiene menos glándulas sebáceas y por tanto menos protección natural, y soporta un movimiento constante. A eso se suma la exposición solar, que casi nadie compensa: la protección se aplica en la cara y se detiene en la mandíbula.
El resultado son las líneas horizontales, esa textura de piel de papel arrugado y la pérdida de definición del ángulo entre mentón y cuello. Cada cosa responde de forma distinta.
Las líneas horizontales marcadas son pliegues estructurales y no desaparecen del todo con nada no quirúrgico. La textura crepé sí mejora con estímulo de colágeno. Y la pérdida de firmeza responde a tratamientos térmicos como la radiofrecuencia XERF, siempre que la laxitud sea moderada.
El motivo por el que esta zona es más delicada de tratar es el grosor de la piel: hay menos margen entre calentar lo suficiente y castigar la superficie. Los equipos actuales lo resuelven con sistemas de enfriamiento que protegen la epidermis mientras el calor actúa por debajo.
Para quien vive fuera de la capital, conviene informarse antes de desplazarse; hay guías por municipio, como la de xerf mijas, que explican qué esperar y cuántas sesiones suelen hacer falta.
Y el consejo más barato de todos: extender la crema solar más allá de la mandíbula.